¿Dónde nos perdimos?
En 1492 ocurrieron tres cosas importantes: la caída de Granada, el viaje de Colón y la publicación de la Gramática de la lengua castellana de Antonio de Nebrija. Mientras unos buscaban nuevas rutas marítimas, Nebrija buscaba fijar el idioma. Porque sí, hubo un momento en la historia en el que alguien pensó: “Este caos lingüístico necesita orden”.
Y lo dijo sin rodeos: la lengua siempre fue compañera del imperio. No era romanticismo. Era poder. Controlar el idioma era controlar la administración, la ley, la educación y, en consecuencia, la identidad. Cinco siglos después, estamos debatiendo si “xd” lleva mayúscula. Algo pasó. Y no, no fue solo la tecnología.
I. Cuando la escuela heredó el poder del idioma
La gramática de Nebrija no fue un capricho erudito. Fue el inicio de una conciencia lingüística sistemática. Si el idioma podía describirse, podía enseñarse. Y si podía enseñarse, podía convertirse en instrumento de cohesión cultural.
Durante siglos, la escuela asumió ese legado. La norma se enseñaba, la ortografía importaba, la sintaxis organizaba el pensamiento, el error se corregía porque se entendía que el lenguaje no era adorno, sino estructura mental.
Más tarde, la Real Academia Española consolidó esa tradición normativa. La escuela y la academia caminaban en paralelo. Había coherencia vertical. El idioma tenía guardianes. Y el aula era uno de ellos.
II. El punto de quiebre educativo
El verdadero cambio no fue que el lenguaje evolucionara. Eso siempre ocurrió. El quiebre se dió cuando la escuela dejó de ser el principal espacio de producción escrita.
En la actualidad, el estudiante escribe más que cualquier generación anterior, pero rara vez bajo supervisión académica. Su producción escrita es más bien en: chats, comentarios, redes sociales, publicaciones efímeras, o respuestas inmediatas.
La escritura dejó de ser escasa y reflexiva para volverse constante e impulsiva. Y aquí está el punto crítico: La escritura ya no exige pausa. Exige velocidad.
La escuela sigue pidiendo párrafos estructurados mientras que el entorno digital premia frases cortas. La escuela enseña coherencia, pero las redes premian impacto. Y aquí tenemos al estudiante, habitando ambos mundos, sin tener una clara idea de cuándo cambiar el registro de su discurso.
III. ¿Dónde está el problema real?
La narrativa apocalíptica de que el idioma se está "destruyendo" es cómoda, pero simplista. El problema educativo es más profundo: estamos perdiendo entrenamiento en pensamiento complejo y crítico. Porque el lenguaje no solo comunica ideas. Las organiza.
Cuando el estudiante no domina conectores, subordinadas, matices argumentativos, o precisión léxica, no es solo un problema gramatical. Es un problema cognitivo. El pensamiento académico necesita arquitectura sintáctica. Reducir el lenguaje no es grave, pero reducir la capacidad de argumentación sí lo es.
IV. La ironía contemporánea
En 1492 se buscaba fijar el idioma para consolidar estructuras políticas. En 2026, el lenguaje fluye sin centro, sin filtro, sin jerarquía clara. La democratización lingüística es fascinante, pero también ha diluido la conciencia normativa.
En este contexto, la escuela enfrenta una paradoja: nunca hubo tanta expresión ni tanta producción textual. Sin embargo, no siempre hay profundidad discursiva. El estudiante piensa rápido pero no con profundidad. Pero lo realmente grave es cuando la escuela baja la exigencia lingüística para adaptarse a la inmediatez. Es entonces cuando deja de formar pensamiento crítico y empieza a gestionar participación.
V. El espejo docente
Aquí viene la parte incómoda. a veces simplificamos textos, reducimos extensión. aceptamos respuestas mínimas, y evaluamos más intención que estructura. Y lo hacemos muchas veces por la excesiva carga laboral, por burnout, o por sobrevivir al calendario. Pero cada vez que reducimos la complejidad lingüística, reducimos la complejidad cognitiva. Y no hablo de nostalgia académica, sino de responsabilidad formativa.
VI. La reflexión necesaria
No se trata de volver al siglo XV ni de convertir el aula en un museo gramatical, sino de trata de enseñar competencia de registro. El estudiante puede usar abreviaturas en su chat, pero también debe poder redactar un ensayo. Puede usar memes, pero también debe argumentar con fuentes. Puede escribir rápido, pero también debe saber escribir profundo.
La verdadera alfabetización del siglo XXI ya no es digital sino estratégica. Deberíamos poder volver a las bases del idioma. El estudiante debe saber cuándo simplificar, cuándo expandir, cuándo emocionar, y cuándo estructurar.
Conclusión: no nos perdimos, nos aceleramos
Desde Nebrija hasta hoy, el idioma ha sobrevivido a imperios, guerras y transformaciones tecnológicas.
El español no está en peligro por “xd”. Lo que sí está en riesgo es nuestra capacidad educativa para sostener pensamiento complejo en medio de la velocidad.
Algo pasó, sí. La escritura dejó de exigir pausa, pero es en la pausa donde nace la reflexión. Si la escuela logra recuperar ese espacio de profundidad sin negar la realidad digital, no estaremos retrocediendo. Estaremos haciendo lo mismo que hizo Nebrija en su momento: dar estructura para que el pensamiento no se diluya. Y eso, en cualquier siglo, sigue siendo un acto profundamente pedagógico.
Referencias:
Nebrija, A. de. (2011). Gramática de la lengua castellana (Ed. facsimilar). Real Academia Española. (Obra original publicada en 1492).
Bourdieu, P. (1991). Language and symbolic power. Harvard University Press.
Vygotsky, L. S. (1978). Mind in society: The development of higher psychological processes. Harvard University Press.
Carlino, P. (2005). Escribir, leer y aprender en la universidad: Una introducción a la alfabetización académica. Fondo de Cultura Económica.

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